Un cigarrillo en el invierno – Relato

La nieve azotaba los cuerpos de las cuatro almas que vagaban por las calles. Padre, madre y dos pequeños niños caminando sin cesar en busca de un refugio y sin contar con provisiones por dos días. La deshidratación hacía que las piernas menguaran y el frío calaba en los huesos de manera lacerante, la nariz entumecida y los sonidos típicos del invierno, creaban una atmosfera de melancolía y tristeza por el mundo antes vivido.

La guerra había acabado con la mayor parte de la infraestructura de la ciudad, no quedaban casi vestigios de lo resplandeciente que alguna vez hubo de haber sido, sin embargo para el padre la mezcla del fuego provocado por las múltiples bombas que caían del cielo, con la nieve, le resultaba peculiarmente hermosa. El tono blanco e impoluto del invierno junto a la vehemencia y pasión del fuego parecían una pareja insoportablemente extravagante.

Dos días vagando en la nieve, hambrientos y sedientos, sin encontrar persona alguna. La mayor parte del tiempo agradecían esto último ya que de toparse con alguien, probablemente hubiese sido un soldado enemigo que no le costaría soltar el gatillo al ver a una familia de judíos caminando entre las llamas.

Cuando la esperanza estaba a punto de extinguirse como una vela intermitente en sus últimos instantes, la familia encontró a poco más de doscientos metros, dos edificios en frente de sí. Esto fue motivo de alegría ya que podían descansar de esta larga caminata que estaba a punto de matarlos y lo que es mejor, podría haber alimentos y agua en ese sitio que de haberlo visto meses atrás lo hubiesen considerado inhóspito y poco agradable, pero las situaciones cambian y lo que es motivo de desdén en ciertos momentos, en otros puede ser motivo de una inmensa alegría, como si fuese el resultado de un gran hallazgo arqueológico, pero solo habían dos edificios que por extraño que parezca, no habían sido atacados por el enemigo.

Acercándose con reticencia, la familia camino despacio, observado todo a su alrededor y comprobando con ojo de halcón si no había atisbo alguno de personas, moribundos o soldados. La quietud del sitio era paradójicamente intranquilizadora, no podían asimilar la buena suerte que les había tocado.

A pocos pasos de entrar en el edificio, el padre percibe un sonido hermoso al cual identifica rápidamente: Frederick Chopin, el concierto para piano No 2, una de las melodías que frecuentaba escuchar antes de esta guerra que había acabado con todo. ¿Pero qué hacía sonando una de las piezas más hermosas del romanticismo en un lugar tan gélido e inhóspito como este? ¿Será que estamos muertos? ¿Será este un paraíso para judíos? Pues, ¡Vaya paraíso de mierda! Se decía el padre, cuestionando la música de Chopin en un lugar como ese.

La respuesta a toda esta reflexión existencialista fue un vinil que se encontraba en constante repetición y quien sabe cuántas veces habría reproducido el hermoso Maestoso del famoso compositor. El vinil fue hallado en uno de los apartamentos del pequeño edificio de cuatro plantas. El sitio era acogedor, contando con un comedor, un refrigerador y utensilios de comida. La madre desesperada por hallar algo que comer, de inmediato descubre que había un montón de productos imperecederos en la alacena de la cocina. ¡Cuánta alegría! ¡Al fin tenemos algo que comer y mis hijos no morirán de hambre frente a mis ojos! Lógicamente esa visión atormento a la madre durante los dos días de caminata, capturando su miedo en pesadillas constantes y con la fuerte preocupación de que se hiciesen realidad. Ahora, en este momento pensaba ¡Cuan supersticiosa puedo ser en momentos de crisis! ¡Vaya estupidez! ¡Saldremos de esto pronto, la guerra no podrá continuar prologándose mucho tiempo más!

Ingenuas palabras de una madre desesperada. Las tropas enemigas estaban a días de llegar con tanques Panzer, artillería y demás artilugios bélicos a ese lugar abandonado que fue un barrio de judíos pocos días atrás y en donde se mantenían en pie solo dos pequeños edificios, como templos olvidados de una civilización tragada por el mar.

¿No deberíamos seguir caminando? Probablemente los soldados llegarán a este sitio, decía uno de los pequeños de manera muy astuta. Sin embargo, la ambición de los padres por quedarse en una zona aparentemente segura hizo caso omiso al comentario inteligente del niño. El niño pensó que no le prestaban atención por ser adoptado y para rematar era alemán. Siempre cargó con esa culpabilidad inherente a su nacionalidad. Cuanto odiaba a su hermanita por ser hija verdadera y por solo lloriquear a todo momento.

El padre buscaba algo más, al no conformarse con un sitio seguro, comida y hasta un tanque de agua, que de ser racionado pudiese durar unas dos semanas, empezó a revolotear en la casa en búsqueda de cigarrillos. Extrañaba el humo entrando por su garganta, lo placentero que era, el resultado de un inhala y exhala pero aunado a un agente toxico, un veneno gratificante. No encontró nada, ni siquiera en los otros apartamentos que fueron abiertos forcejando con una palanca. Había comida enlatada, no demasiada, pero había, sin embargo no se hallaban los codiciados cigarrillos.

El padre decidió trascender su adicción y ponerse en peligro a él y a su familia cruzando una pequeña calle para alcanzar al otro edificio y así tener más oportunidades para conseguir el codiciado veneno. ¡Qué irresponsable eres! ¡Estás poniendo en peligro a tus hijos! Gritaba la madre al momento de que su esposo le comentase su decisión. Hemos comprobado que aquí no hay nadie, no pasará nada, ya verás, solo son dos pasos, decía su esposo de manera tranquilizadora y agrego: Además necesitamos más provisiones. Cosa que dejó a la madre satisfecha.

El padre cruzó lo que quedaba de calle, entre piedras y escombros logró hacerse camino con unos pasos hasta llegar al otro edificio. Subió las escaleras hasta el cuarto y último piso, ya que quería comenzar su búsqueda de arriba hacia abajo. Eligió un apartamento que se encontraba en el ala derecha y empezó a forcejear la puerta. Al cabo de unos pocos minutos logro abrirla y comprobó al entrar que había un balcón que daba hacia el edificio donde se encontraba su familia. Empezó su búsqueda.

Registró habitaciones, cocina, comedor, baños, biblioteca, alacena, balcón. Nada. ¡Este es solo el comienzo! Pero después de tener ese último pensamiento, como objeto traído del cielo, encontró debajo del comedor una caja de cigarrillos casi llena. ¡Casi llena! No podía creerlo. Salió al balcón y empezó a gritarle a su esposa. ¡Los encontré! A lo que la esposa grito con vehemencia una cantidad de improperios, vituperando la acción de su marido. El padre empezó a fumar en el balcón mientras su esposa lo miraba con ojos de reprobación. Luego, él se detuvo a ver las volutas de humo que surcaban el aire frío y pensó que era una estupidez lo que había hecho, una actitud de adicto empedernido y que no lo volvería a hacer. Instantes después cuando el cigarrillo estaba a punto de extinguirse una bala atravesó su cabeza, dejando la mitad de su cuerpo colgando en el balcón mientras la colilla yacía en el piso nevado.

La esposa gritó imprudentemente y fue víctima de otra bala que un soldado no supo contener. Los soldados empezaron a adentrarse más hasta llegar a estar frente los edificios. Los niños estaban asustados, en especial la niña que no paraba de llorar, muerta de pánico. Cuatro soldados se aventuraron a registrar el edificio del ala izquierda, en donde se encontraban los llantos impertinentes y no tardaron en descubrir a dos niños pálidos y famélicos, pese a que en recientes días habían comido bien. Uno de los soldados empezó a registrar la alacena, haciendo caso omiso a los niños y descubrió el montón de latas de comida que allí se encontraban. Abrió dos, una para él y otra para su compañero. Los otros dos idiotas, seguro estarían buscando vestigios de más personas. El soldado que abrió las latas, se sentó en el comedor y miró a los niños con diversión. Al terminar de comer, los apunta con su rifle y les dice: ¡Digan Adiós bastardos judíos! A lo que el niño alemán responde: Yo no soy judío, quiero aprender a disparar. ¡Vaya sorpresa!, dice el soldado, entendiendo perfectamente lo que el niño quería expresar, dándole el rifle y la oportunidad de hacer algo que siempre deseo. El sonido del rifle escupiendo la bala sonó como un estruendo en la quietud de la nevada, mientras el vinil de Chopin sonaba otra vez sin cesar.

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