El hastío – Relato

Detenerme a pensar desde que preciso momento se produjo este estado de aburrimiento, tedio y desidia es difícil, fue un proceso que llevó años de monotonía y estupidez.

Nunca me caracterice por ser una persona muy tolerante, todo lo contrario, nunca tolere la mediocridad y actitud relajada ante la vida que suelen tener muchos. La vida para mí, se trataba de soberbia, pasión y vehemencia al actuar y yo en contumacia, decidí prolongar ese pensamiento por mucho tiempo.

Sentía un desdén profundo ante las personas que me rodeaban o por lo menos en su gran mayoría, tampoco valoraba la amistad por una serie de eventos que me habían perjudicado y gracias a los cuales decidí más nunca confiar en nadie. Así, poco a poco, mi círculo social se fue reduciendo, pese a tener elocuencia y mi pasión desaparecía paulatinamente.

Estaba harto del ruido de los carros, de las ambulancias, de los cuchicheos de las personas, del exceso de luz artificial, de los gritos de algunos y los sollozos de otros, de no poder leer ni escribir al tener falta de concentración propiciada por toda esta mierda que giraba a mí alrededor. En pocas palabras, estaba llegando al límite.

Uno de los eventos que me hizo tener de nuevo ganas de vivir, fue el conocer una chica con la que posteriormente me casé, rápida e impulsivamente. ¿Para qué pensar tanto si era algo que por fin me daba fuerzas para aguantar esta vida de mierda? Pensando que casarme sería una solución a todos mis problemas y teniendo unas expectativas fuera de órbita, pronto me di cuenta que ese evento se volvió en otro trasto en mi vida. ¡Vaya bodrio con que me he topado!

Probé con tener dos hijos, que se convirtieron prácticamente en hijos directos de Satanás, par de diablillos que le hacían la vida imposible a su madre y a todos sus semejantes. No entendí porque la gente hablaba bellezas de estos seres infernales, lo que hacen es siempre joder, ensuciar y joder y ensuciar. Sin embargo, los míos al parecer eran especialmente traviesos y sus juegos se extralimitaban en contraposición al aburrimiento que la vida me proporcionaba. De cierta manera los envidiaba porque tenían un motivo insaciable para moverse, el acto de molestar y joder a las personas era su impulso y su motor, toda su energía era perfectamente canalizada para hacerles la vida trizas principalmente a su madre y a los otros pobres pequeños que se acercaban a ellos.

Pensé en asesinarlos pero después lo pensé y no valía la pena, ya que no deseaba pasar el resto de mi vida en una cárcel aunque quizás haya más emoción en ella, no se sabe cuanta adrenalina se puede producir al saber que puedes morir cualquier día gracias a una pequeña rencilla. No, la idea de matarlos no era muy fructífera, pese a lo fácil que era llevarla a cabo.

Cavile durante largas noches mientras estaba en el sofá, viendo el televisor en el cual siempre pasaban la misma mierda todos los días pero con un distinto maquillaje. Programas y canales enteros llenos de estupidez, la verdadera calidad de nuestra especie se veía reflejada en una pequeña caja llena de colores.

En mis cavilaciones, pensé en irme, sin avisar, sin dejar huella ni rastro alguno, simplemente desaparecer y tratar de olvidarme de tanta miseria mental y concentrarme en un futuro lleno de sorpresas constantes. Así que apague el televisor, subí lentamente las escaleras ya que no quería despertar a nadie, entré en mi habitación no sin antes vigilar que los esbirros de Lucifer estaban dormidos, preparé una maleta con justo lo necesario y me fui.

¡Así de sencillo! Me fui, ya que el hastío que me producían todos mis congéneres había llegado a su límite, así que debía buscar un sitio donde no habitasen muchos de ellos, quizás en algún sitio de Islandia, país famoso por su poca población, quizás porque era un país lleno de misántropos como yo que buscaban alejarse y se auto exiliaban en esa pequeña porción de tierra gélida.

Nunca estuve en Islandia ni en ningún país similar, de hecho solo alcance a asentarme en una vecina ciudad. La típica ciudad llena contaminación sonora y lumínica y en donde apreciar una simple estrella era como sentir una epifanía. Sin embargo me ubique en un cómodo apartamento, una sola habitación, un solo baño, un balcón con una vista hacia los demás edificios la cual no encontraba para nada atractiva pero a muchos les gusta esa clase de estupideces y en las noches había poco ruido o por lo menos uno que se podía tolerar. No había duendes infernales tampoco.

Lo único que me preocupaba al pasar los meses era mi esposa, era un terrible castigo vivir con semejantes seres, pero creo que a ella le agradaba la idea ya que siempre que  yo criticaba alguna de sus fechorías era tomado como un terrible verdugo que solo quería ver ardiendo a pequeños niños indefensos. ¡Bah! ¡Niños indefensos! ¡Indefenso el Diablo comparado con esos demonios!

Nunca entendí como no se aburrían de ser ellos mismos, como podían vivir en una eterna ignorancia y ser felices, sin cuestionamientos, sin ningún atisbo de pensamiento, solo vivir, comer, defecar y morir. Solo eso. Lo peor es que no eran un caso especial de humanidad, sino que la humanidad en sí era similar a ellos.

Pasados ya unos cuantos años, era costumbre en mí levantarme temprano, desayunar e ir a comprar el periódico. No era que me entretenía especialmente saber qué es lo que estaba sucediendo pero comprendí que por lo menos debía estar al tanto de lo que pasaba a mí alrededor, podía ser un misántropo pero no un ignorante. Al pasar por unas cuantas páginas me llamó la atención una noticia en particular en el área de sucesos: Familia entera calcinada por incendio presuntamente provocado. Presuntamente. Palabra muy usada por los periodistas, continué leyendo: Una señora de 43 años junto a sus dos hijos fueron calcinados en un incendio aparentemente provocado por la madre. El psicólogo Josef Ramos, declaró haber estudiado a la paciente por 6 meses, la cual sufría una fuerte neurosis con momentos temporales de delirio. Las autoridades aún investigan el caso, pero se da a entender según el doctor Ramos, que probablemente la madre de estos dos niños haya prendido la cocina y prendido fuego a la casa, ya que esto se encontraba en una de los escritos que él le había mandado a hacer a modo de terapia.

Sabía que eran mi esposa y mis dos hijos. ¡Qué ironía, era yo quién quería matarlos!

 

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