La casa de las mil puertas – Relato – Terror

 

– ¿Cómo sigue mi esposa doctor? – le pregunté angustiado al doctor. Llevaba casi un mes con paros cardíacos diarios, algo inexplicable, ella moría todos los días sin yo poder hacer nada y la impotencia me oprimía el alma.

– Sigue en estado catatónico y los paros cardiacos siguen con la misma frecuencia y por extraño que parezca a la misma hora exactamente, 3:30 am. A esa hora el equipo de enfermería y yo nos aglutinamos para poder rescatarla diariamente. Estamos exhaustos pero estamos haciendo todo lo posible por mantenerla con vida. Sin embargo no me parece que sea la mejor manera de vivir.

– ¿Me está diciendo que debemos desconectarla? ¿Matarla? ¿Aplicar Eutanasia en mi esposa? – cada pregunta la hacía de manera más indignada. No podía entender como un doctor me podía insinuar tal cosa. Pero ahora sé que tenía razón.

– Solo digo que no es la mejor manera de vivir, si a esto se le puede llamar vivir. Su esposa sufre ataques cardiacos diarios, eso es algo que no podemos explicar y tampoco como es que logra sobrevivir a tales impactos día tras día. Sin embargo pese a su inconsciencia, se registran altos niveles de actividad cerebral, puede que suene paradójico pero lo cierto es que en su estado, ella vive una realidad inconsciente, fuera de nuestro alcance. Lamentablemente no existe equipo tecnológico suficiente para poder hacer algo por su esposa en este momento, ya que es un caso muy peculiar al que nadie se ha enfrentado. La agitación en su cerebro es constante, con picos aún más altos en la noche.

– No creo que pueda tomar una decisión ahora y menos de esta magnitud como comprenderá. Necesito tener cabeza fría pero me es imposible. Mañana vendré a primera hora y hablaré con usted. Muchas gracias por todo lo que hace por mi esposa. Sé que ha sido un trabajo arduo para todos ustedes.

Me pregunté más de una vez que podía estar pasando con Alphild, ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Qué fue lo que ocurrió en aquel maldito bosque? Su carta inextricable me dejaba con más dudas y la zozobra me estaba consumiendo.

Sabía que lo correcto era acabar con su vida, suena horrible pero la palabra eutanasia es solo un eufemismo.

Cuando llegué a casa, las horas pasaban lentamente y las agujas del reloj parecían detenerse. Su sonido era vago y distante. Luego volvían frenéticamente. El tiempo parecía estar descontrolado, como si mis pensamientos se reflejasen en él. A las 3:20 am, había tomado una decisión, pero aún no tenía la fuerza para afrontarla.

 

La casa de las mil puertas

 

Al principio todo era difuso para Alphild, su visión limitada hacía que tuviese que agarrarse de las paredes de una pequeña habitación para poder mantenerse en pie. Había una cama con un peluche en el medio que invitaba a Alphild a abrazarlo. Un tótem de la infancia, una reliquia olvidada y un poco de cariño antes de grandes tormentos.

– ¿Bobo eres tu? – decía Alphild con voz cansada, inmediatamente abrazándolo, pues era su único amigo en ese momento.

15 minutos de balanceos incesantes en la cama y Alphild decide enfrentar lo que ella asumió tácitamente que era su peor pesadilla: Abrir la puerta de aquella habitación.

El pasillo era largo, rodeado de puertas y puertas y parecía no tener fin. Alphild decide entrar en una de ellas.

La misma cama, el mismo peluche, la misma soledad. Sin embargo no le importo mucho, ya se había acostumbrado a que su nueva vida era un caos surreal, en donde nada tenía explicación, eso hacía que su mente se fragmentara poco a poco en mil pedazos ya que al no reconocer nada como real, lógico y con razón, todo pierde sentido y el desinterés por cualquier cosa se apodera de las personas. ¡Cuántas veces se intentó suicidar Alphild! Pero no puedes matar a tu mente. Puede estar vuelta pedazos, pero sigue estando allí, elucubrando nuevos pensamientos.

Alphild imagina a su familia, a su esposo y a todo lo que perdió. Se ve a sí misma en frente de si, cosa que logra captar su atención. Se besa, siente amor por sí misma, se enamora, pero esa figura delante de ella se esfuma como cenizas que se las lleva el viento. La tristeza invade de nuevo a Alphild. ¡Que auto flagelo tan grande!, pensó.

En cada puerta había un nuevo tormento que enfrentar, sin embargo con el tiempo ya para Alphild las torturas, los engaños y el dolor no significaban nada. Era un día cotidiano, como cepillarse los dientes y luego ir al trabajo. Ya nada podía herir a Alphild, ya nada podía hacerla siquiera sentir algo.

Tras navegar con tedio, por 999 puertas, logra alcanzar el fin del pasillo que parecía no tener fin. Al abrir la última puerta, había una habitación oscura, sin ningún objeto. Pocos segundos después escucho unos sonidos extraños, como provenientes de un animal, muy grotescos.

 

– ¿Ya te has enfrentado a todos tus temores? – le pregunta una sombra que se esparcía por las paredes.

– No lo sé, supongo – dijo Alphild, ya hastiada de tanto juego y sufrimiento.

– Aún no has entendido – decía la voz de manera amenazadora

– No quiero entender, solo quiero dejar de existir

– Eso sería muy fácil, pero debes sufrir para poder entender. Hiciste mucho daño Alphild fingiendo ser una persona buena. Yo, lo sé todo, conozco la malignidad de cada ser porque Yo soy el mal, soy el adversario, el opositor y el que conoce cada uno de los pecados de cada ser humano – al terminar de decir humano, se prende una vela que iluminaba tenuemente la habitación y Alphild pudo comprobar quien era la entidad que tenía en frente – Ya me reconoces ¿Verdad? Baphomet, Lucifer, Loki, Leviathan, Belial, Trickster, entre otros muchos nombres que me dan. Soy parte del equilibrio del cosmos y portador de sabiduría.

– ¿Por qué yo? – decía sin entender nada Alphild.

– ¿Por qué yo? – repitió Trickster, haciendo eco de la pregunta varias veces.

– No entiendo nada ¿Qué coño está pasando aquí? – gritaba una y otra vez la prisionera de la casa de las mil puertas. El terror se apoderó de ella.

– Los experimentos cósmicos siempre serán incognoscibles para los seres humanos – le susurraba en la oreja a la pobre chica torturada – cierra los ojos y observa el daño que has hecho – En ese momento, mil y un recuerdos se apoderaron de Alphild, produciéndole sensaciones fuertes pero efímeras – ¿Lo ves? – susurraba Trickster de nuevo.

 

El macho cabrío se erigió, superando por tres cabezas en altura a Alphild, produciendo en esta una oleada de terror y un paroxismo imparable. Su corazón latía rápidamente, su cabeza se encontraba fría y sus piernas parecían no responder.

No tuve que tomar ninguna decisión, mi esposa murió mientras yo pensaba matarla para hacerla estar en paz. El 15 de junio a las 3:20. Ocurrió su último para cardíaco que acabó con su vida.

 

Esta fue una continuación de mi relato hecho para el concurso de cuatro cuentos ¿Que coño pasa aquí? – Alphild y Trickster.

 

Fuente de Imágenes

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Publicado en Literatura, Relatos.

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