Una vida tras el espejo

Para muchos el sentido de la vida es algo que uno tiene que buscar, para otros la vida no tiene sentido, sin embargo para Pablo el único sentido de la vida era morir, al fin y al cabo cada día que vivimos es un paso hacia el camino de la no existencia. Permanecemos en este último estado mucho más tiempo que viviendo, en pocas palabras, estamos más tiempo muertos que vivos y eso es lo que nos depara la vida, un segundo que para muchos puede ser de goce y el resto de paz.

Al levantarse a las 6:00 de la mañana, Pablo se dirige hacia el balcón de su casa, que daba una vista hacia la playa, el sonido de las olas incesante siempre le daba mucha paz y la vista refrescaba siempre sus ojos.

Una persona al despertar, lo usual es que se dirija al baño a cepillarse los dientes, orinar y todas esas trivialidades que nos demanda nuestro cuerpo diariamente, pero Pablo no quería ir al baño todavía, él sabía lo que significaba eso, justo este día, esta fecha, este momento. Pablo había tomado una fuerte decisión, estaba convencido que el tedio había acabado con su vida, había demasiada paz, la pasión por vivir y la escasez de adrenalina volvieron a su vida un perfecto ejemplo de monotonía y tedio. Pese a ser escritor, ya había vivido muchas vidas, tanto leyendo como escribiendo ¿Qué más daba acabar con esta?

 

 

Pablo quiso entrar en la habitación en donde escribía, por última vez. Observó el escritorio y el borrador de su última novela, porque aún al tener la convicción de morir, tenía que cumplir con sus responsabilidades con su editorial, la cual le dio el estilo de vida que tanto deseaba pero que la soledad mató como flor marchita.

Ya era momento de verse en el espejo, pero antes debía buscar el revólver calibre 38 que al momento de verlo, brillaba expectante, como si el objeto desease ser utilizado. Al tener el revólver en su mano, Pablo lo observó con detenimiento y por un instante se fungió con él, tocándolo, sintiendo el metal frío. “Así estará mi cuerpo dentro de poco”, pensó.

Al entrar al baño, se vio a sí mismo en el espejo, hizo un par de muecas y saludó a su reflejo:

¿Cómo estás Antonio? – le preguntó cordialmente.

Con mucho frío como siempre y esperando a que vengas a visitarme – le contestó ansioso.

He decido jugar al juego que me dijiste la otra vez – le dijo Pablo con un deje de inseguridad.

¿Estás seguro? – le preguntó Antonio notando su falta de convicción.

Si, lo estoy, pero estoy un poco nervioso.

– Es normal, es algo que se hace una sola vez en la vida – dijo Antonio irónicamente.

– Pues empecemos, quizás con suerte, con un par de rondas se me pase el nerviosismo.

– Está bien, ya sabes cómo es el juego, empecemos.

Pablo introduce una bala en el tambor del revolver para posteriormente girarlo con habilidad ya que había practicado toda una semana para este momento. Al terminar de girar el tambor, se acerca el revolver a su cabeza y jala del gatillo ¡Clac!, no pasó nada.

– ¿Alguna vez le hallaste sentido a la vida? – Le preguntó Pablo a Antonio

– Sí, pero eso se pierde con el paso de los años, la única manera de darle sentido es estando en ignorancia.

– Sí, eso he pensado, bendita ignorancia cuanta felicidad nos trae ¿No? – decía Pablo añorando esa felicidad

¿Te consideras infeliz? – pregunto Antonio contrariado

– Para nada, pero tampoco soy feliz, soy una persona con tedio que ya cumplió con todos sus objetivos, mi voluntad de vivir ha muerto con eso

– Te entiendo, lo mismo me ocurrió a mí. ¿Otra ronda?

– Me parece perfecto

 

 

 

Pablo, saca la bala del tambor como un ritual, ya que ese procedimiento era innecesario, bastaba con girarlo de nuevo, pero él quería que toda esta situación fuese aún más especial de lo que era. Al colocarse el revolver de nuevo en la cabeza suena el ¡Clac!, no pasó nada.

– Me gustaría ser una bala en este momento – dijo Pablo en tono reflexivo.

– ¿Por qué?

– Porque así pudiese sentir y observar cómo se acaba con una vida, el paso veloz por el cerebro haciendo un agujero en mi cabeza debe ser algo fascinante.

– Sí, quizás, pero en este momento eres la víctima, quizás reencarnes en forma de bala – dijo Antonio en tono burlón.

– Quizás, sí. Oye, me siento muy relajado, ya no siento ningún tipo de nervios.

– Probablemente el momento esté cerca Pablo – dijo Antonio en un tono circunspecto.

– Me gusta eso, es diferente a lo relajado que he estado últimamente, es una sensación intermitente entre paz, expectativa y ansiedad que tengo en este momento.

– Entonces, aún no estás listo.

– ¿No? – se preguntó Pablo extrañado.

– Debes sentir absoluta paz – dijo Antonio.

 

Pablo decidió respirar profundo, observó a su interlocutor al frente de su espejo el cual seguidamente le dió una mirada de aprobación: ¡Hazlo! Pablo agacha la cabeza, mira el revolver por tercera vez y le sonríe sin abrir los labios a Antonio. La convicción y la serenidad ya estaban en su mente, pensó en los budistas que se inmolaban a modo de protesta sin emitir ningún grito, ninguna palabra, solo había paso para la muerte. Ahora Pablo ya lo había entendido todo, pero quiso hacer algo más.

 

– Me gustaría sentir en vida como es tu lado – le propuso Pablo a Antonio.

– Acerca tu brazo – le invitó Antonio. Pablo seguidamente acerco su brazo al espejo, atravesándolo, sintiendo el frío del que tanto hablaba Antonio. Cerró los ojos y trato de imaginarse el lado de Antonio, la paz gélida que allí se encontraba y eso le dio aún más seguridad para terminar lo que había empezado.

Pablo ve el revolver entre sus manos recién pulido, brillaba como una estrella frente a sus ojos. Se coloca el revolver en su cabeza y suena una detonación. La sangre esparcida en las baldosas blancas hacía un hermoso contraste. El pequeño rio de sangre se esparció rápidamente por el suelo y los segundos de vida que le quedaban a Pablo los disfrutó recordando toda su vida, su bonanza de felicidad que se había agotado. Los premios por sus novelas, sus tres esposas y posteriormente sus tres divorcios, sus admiradores, su familia reservada, sus momentos silenciosos al escribir y no poder compartir la gloria con nadie sino con un escritorio ¡Cuanta envidia le tenía a los músicos! Pablo vivió una vida plena, pero siempre quiso retar a la muerte, acelerando el proceso en un momento oportuno y, siguiendo los consejos de Antonio, tuvo aún más determinación y fortaleza para acabar con su existencia.

 

Pablo Antonio Salas, sufría de esquizofrenia, su familia lo alentó a ir a un psiquiatra y seguir un tratamiento el cual múltiples veces fue rechazado por considerarlo innecesario ya que su ego le decía que él podía superar cualquier adversidad. Este texto fue basado en su último escrito en el cual describía todo lo anteriormente narrado.

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Publicado en Literatura, Relatos.

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